DR. JAZ COLEMAN & THE ORCHESTRA OF DEATH – Club Lucille, 26/02/2026

Por Matías Gallardo
Foto por: @astudillofotografias

Con unas pocas ediciones a cuestas, Club Malvinas comienza a sentirse como un espacio único dentro del circuito de shows porteños. Después de su última edición, en la que solo había participado de una charla con la audiencia, Jaz Coleman volvió a subirse al escenario con su Orchestra of Death para una celebración doble: su cumpleaños y el recuerdo de Killing Joke, a 47 años de su formación.

Centro inevitable de todas las miradas, Coleman hace su gran aparición como un espectro: envuelto en su larga capa, se aproxima sigiloso mientras su banda toca los primeros acordes de “Smash Up My Mobile”. La canción —que gira alrededor de una de esas melodías hipnóticas tan características del último KJ— crece lentamente mientras el vocalista recita concentrado las letras del cuaderno que sostiene su atril. Cuando finalmente estalla, ahí lo vemos: el rostro pálido de pintura y desencajado, los espasmos, el alarido infernal.

De espaldas al público, Coleman guía a sus músicos con la gracia del director experimentado. Sus manos vuelan por el aire indicando el rumbo, acentuando la ferocidad cuando la canción lo requiere, parando y volviendo a empezar si lo considera necesario. Es una alquimia que se desarrolla frente a los ojos y oídos del público, con el que prácticamente no interactúa.

Curiosamente, más que ver a una banda, la experiencia frente a la Orchestra of Death se siente más como espiarla. Al contrario de una banda de rock donde cada movimiento está sincronizado y lo inesperado no tiene lugar, este es un organismo en desarrollo. Las miradas se cruzan y los gestos van y vienen en un fluir constante con Coleman como centro exclusivo. ¿Qué forma final tendrá el experimento? Imposible saberlo, pero estos primeros chispazos son más que auspiciosos.

Algunas de las canciones de la noche cargan con los inevitables rastros del carácter de Killing Joke. Ahí están los riffs de ritmo endiablado; las extrañas melodías; la emotividad desembozada. Donde más evidente se hace esto es en “Catalyst” y “Guess Again”, rescates de Niceland, ese proyecto efímero que Coleman llevó a cabo en Islandia junto al grupo Þeyr a principio de los 80.

Pero en lugar de buscar replicar el trabajo de su banda principal, Coleman y su orquesta de la muerte invocan una bestia distinta. Los momentos más interesantes del show son cuando el grupo se concentra más en conjugar un trance sonoro que atenerse a las estructuras más tradicionales de la canción rockera. La mejor prueba de eso fueron los monolíticos 15 minutos de la canción “Resonance”, que dejó a los músicos visiblemente exhaustos y a Coleman satisfecho con su característica mueca maníaca cruzándole la cara.

Después de poco más de una hora, el final con la canción-himno “Club Malvinas” y su beat lleno de groove y su sentimiento más alegre contrasta con la virulencia previa y cierra la noche en un tono celebratorio. Quedan los abrazos, las promesas de grandes aventuras, el público cantando el feliz cumpleaños y Coleman soplando las velas con el rostro iluminado de felicidad.


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