Fotos y crónica por Matías Gallardo
DÍA 1 (30/07/2025)
A ocho minutos del centro de la ciudad, mirando hacia la península de Nordnes se encuentra USF Verftet, una ex fábrica de sardinas convertida en el mayor centro cultural de la ciudad. Es, hace unos años, la segunda sede de Beyond the Gates, y donde suelen desarrollarse las primeras tandas de shows del festival. El lugar está, obviamente, acondicionado para la ocasión: un patio cervecero junto a la entrada del edificio, con una gran carpa armada frente al edificio y, debajo, mesas y gente comiendo frente al mar mientras suena por los parlantes un mix de heavy metal clásico elegido por el DJ de ocasión. Adentro, una feria de artistas locales donde se destacan los tatuadores, que durante estos días tendrán su propia celebración: el Beyond the Ink, donde mostrarán sus trabajos, hablarán con la gente y marcarán permanentemente la piel de aquellos que se animen.
El contraste entre los dos escenarios de esta jornada es bien claro: Røkeriet, un pequeño teatrito para no más de 600 personas y Hallen, un enorme galpón para casi 3000. Hasta ahí me acerqué para ver a I Am Morbid.
Formada después de que la reunión de Morbid Angel resultara en una debacle, I Am Morbid fue la forma que Vincent encontró para seguir tocando las canciones de su ex banda. Hace algunos años también lo acompaña en los parches el legendario Pete Sandoval, quien anda mejor de salud y evidentemente reconciliado con su pasado.

Lógicamente, el set hace caso omiso de cualquier cosa que tenga que ver con Illud Divinum Insanus y se enfoca en la primera etapa de las leyendas de Florida. Si bien la salida de la banda con “Kings of Metal” de Manowar sonando de fondo puede parecer extraña, la tríada inicial “Dominate”, “Where the Slime Live” y “Dawn of the Angry” —en un guiño inequívoco a los 30 años que Domination cumplía ese año— da por tierra con cualquier especulación: estas canciones conservan su poder y Vincent y Sandoval también.

El bajista/vocalista agradece los aplausos del público y mantiene esa pose sobria y distante que lo caracteriza. Nunca adepto a hacer gran espamento, Vincent se enfoca en la tarea concreta. Entonces, presenta los temas y pasan “World of Shit (The Promised Land)”, “Fall from Grace” y “Blessed are the Sick” en una performance impecable —aunque un tanto esterilizada— que el público celebra sin más. Los guitarristas Bill Hudson y Richie Brown ciertamente cumplen con la tarea más ingrata al tener que reemplazar a Trey Azaghthoth, pero está claro que si están sobre el escenario es porque no hay dudas de sus credenciales.
Después de un bloque de canciones del ineludible Altars of Madness (“Immortal Rites”, “Visions from the Dark Side” y “Maze of Torment”) llega otra de Domination (la fantástica “Eyes to See, Ears to Hear”) y ya “Rapture” y la infaltable “Chapel of Ghouls” para cerrar un set tal vez más breve por el contexto de darse en un festival pero igual de poderoso.

Como no puede ser de otra forma con este tipo de desprendimientos donde un ex miembro (o varios) de una banda legendaria deciden hacerse cargo de parte del legado musical, la sensación es agridulce. Pero lo perfecto es enemigo de lo posible, y esta noche el show de I Am Morbid cumple su cometido.
Después de una breve incursión por el escenario Røkeriet para ver algunas canciones de los alemanes Attic confirmar en carne propia su inevitable fanatismo por todo lo que tenga que ver con King Diamond, volví a un Hallen a tope de capacidad para ver el show de Triptykon, el plato fuerte de esta primera noche.

Había una particularidad en el set de la banda de Tom G. Warrior: solo tocarían canciones de Celtic Frost. Durante los últimos años el suizo fue haciendo cada vez más explícitas sus intenciones de devolver al escenario la música de sus bandas previas (también sale de gira como Triumph of Death cuando se trata de tocar material de Hellhammer), lo que, sumado a la entusiasta respuesta del público, relegó al catálogo de Triptykon a un segundo plano.
Entonces, cuando suena la intro “Totengott” y el escenario es bañado por una luz azul, la banda se entrega a un viaje al pasado que suena, desde el primer segundo, atronador. La dupla “Circle of the Tyrants” y “The Usurper” suena maléfica, demoledora, y anticipa algo que sucederá durante todo el set: adquieren una lentitud notoria que solo acentuará su pesadez. Resulta increíble que canciones con más de cuatro décadas encima sigan sonando tan poderosas.

Vestido de negro de pies a cabeza y con su característica efigie de mala onda, Warrior hinca la espalda y sus brazos sostienen una guitarra que parece pesarle con la fuerza de un agujero negro. Sus gritos retumban ante un público que mira atónito como pasan “Return to the Eve”, “Into the Crypts of Rays” y “Procreation (of the Wicked)”, y Warrior no dirá una sola palabra.
Lógicamente, un set enfocado en la carrera de Celtic Frost es, en realidad, un set enfocado en cierta parte de la carrera de Celtic Frost (el lector podrá imaginar cuál). Pero la grata sorpresa está en que el foco central sea Monotheist, aquél fantástico álbum regreso de 2006 y lo que se convirtió en la última colaboración entre Tom G. y su ladero de toda la vida, Martin Eric Ain.

Aquel disco, cuyo peso terminó de sepultar para siempre la carrera del grupo, sentó las bases del sonido que Warrior sigue explorando hasta el día de hoy. En los riffs gravísimos, arrastrados y apocalípticos de canciones como “Ground” o “A Dying God Coming Into Human Flesh” ya se nota esa macabra alquimia perfeccionada años más tarde por Warrior y los suyos, que no es más que el punto de llegada de una carrera que fue artísticamente extrema en todos sus sentidos.
Después de dos clásicos como “Dethroned Emperor” y “Necromantical Screams”, llegó el grand finale con “Synagoga Satanae”. Ver semejante pieza en vivo, su marcha de casi 15 minutos de oscuridad, desesperanza y asfixia, es una experiencia sobrecogedora. Las guitarras dejan que los acordes floten en el aire hasta convertirse en acoples y Warrior berrea sus letanías satánicas en un estado de trance. Cuando finalmente el sonido baja y todo lo que queda es la outro “Winter”, Triptykon hace una reverencia y el público todavía intenta procesar lo que acaba de suceder.

Quedaba un show más, y Destruction tocando entero Infernal Overkill era el contrapunto ideal para bajar a tierra. De vuelta en Røkeriet, los liderados por el gigante Schmier salieron de una cortina de humo con un objetivo: no tomar prisioneros. Canción tras canción, dejaron en claro por qué su disco debut es un clásico inoxidable del género. Y lo que no es poco: incluso con el legendario vocalista/bajista como único miembro original, el grupo todavía se mantiene en gran forma y la ovación del público al terminar el set se los hizo saber.

Con los ecos de los últimos riffs de los alemanes todavía en el aire, el público empezó la retirada por las calles de piedra que llevan al centro de la ciudad. Una procesión de chalecos negros en la noche de Bergen, donde el hilo conductor fue la celebración de legados que todavía hoy palpitan con fuerza en la conciencia colectiva de todos los que nos acercamos hasta ahí.
DÍA 2 (31/07/2025)
El segundo día del festival se desarrolla en su sede principal: Grieghallen. Completada su construcción en 1978, el teatro es una tajada de modernidad en medio del paisaje pintoresco de Bergen. Bautizado en honor a Edvard Grieg —el compositor e hijo pródigo de la ciudad—, Grieghallen puede parecer una apuesta extraña para un festival de música extrema. Pero es todo lo contrario: dentro de las paredes del complejo, que no solo tiene la sala principal, sino una serie de estudios de grabación, se grabaron varias de las gemas absolutas del black metal. Grieghallen es sinónimo de la explosión del género en Noruega, y presenciarlo en carne propia es toda una experiencia.

Esa tarde de jueves, la primera banda en subir al escenario principal fueron los islandeses Misþyrming. Nombre insignia de una generación dorada que puso en boca de todos a la isla volcánica, el cuarteto apareció entre sombras y humo. La intro “Hælið” y la apertura con “Blóðhefnd” fueron un comienzo distinto, más atmosférico. Bañados en luces azules, los músicos recorren los primeros acordes de “Aftaka” casi en trance. Entonces D.G. abre la boca y, ahí sí, el infierno se desata: Misþyrming despliega toda su furia avasallante en un arranque de black metal con una frescura que solo tienen aquellos hambrientos de gloria.

Sin mediar palabra o agradecimiento, la banda avanza en el set con una intensidad notable. El escenario ahora brilla rojo sangre y cada una de las canciones que se suceden (“Með Harmi”, “Engin miskunn”, “Alsæla”) se convierte en un torbellino negro y gélido. D.G. comanda el ataque con una bota sobre el monitor y cuando llega el final a todo trapo con la fantástica “Algleymi” —que da título a su segundo álbum— me invade la sensación de haber visto algo único. Misþyrming es cosa seria.

Después del show de Lucifer —que fue una oportunidad para revisar discos en la feria que el festival monta en el lobby del teatro— llegó el turno de Paradise Lost. Tenía muchas ganas de ver a los ingleses ya que me había perdido sus últimas visitas a Buenos Aires. Fue un show extraño: como se retrasó el vuelo que los trajo a Bergen, el set fue más corto de lo previsto y solo hicieron nueve canciones y con un sonido que estuvo lejos de ser óptimo. El humor sarcástico de Nick Holmes funcionó como aliciente, pero se notaba que la banda estaba contrariada y no del mejor humor. Aún así, canciones como “Pity the Sadness”, “The Enemy” o “Say Just Words” siguen siendo imbatibles.

El plato fuerte de la noche (y del festival) era el show de King Diamond, y un lugar como Grieghallen era el escenario ideal para semejante evento. Se trataba de la primera vez en casi dos décadas que el rey volvía a Noruega, por lo que se sentía la electricidad en los cuerpos y las gargantas. Detrás de un enorme telón con el logo de la banda se escondía una estructura con gárgolas, dos niveles de escaleras (uno por encima de la batería) y unas puertas de celdas que forman parte de la mística que rodea a The Institute, el esperado nuevo disco del danés.

Comenzar el set con la intro “Funeral” y el triplete “Arrival”, “A Mansion in Darkness” y “Halloween” debería bastar como ejemplo del soberbio show que King Diamond saca por el mundo. El sonido, la puesta en escena y la actuación de los músicos son un mecanismo de relojería que funciona de mil maravillas. King Diamond se mueve con la soltura que dan las décadas y su voz es un elixir. El valhalla metalero está reservado para personajes de esta talla.

Desde el primer segundo todo en el show es una gran teatralización que tiene a King como obvio protagonista. El cantante se arrastra por el escenario usando diferentes máscaras para encarnar a sus personajes siempre perversos y sádicos. Una actriz que encarna a la temible “Grandma” y se le suma en diferentes canciones. Ambos juegan, entonces, con ataúdes, muñecas, candelabros, escaleras y humo por doquier. No importa que sean clásicos como “The Invisible Guests”, “Sleepless Nights” o “Welcome Home”, o bien los dos adelantos que hasta ahora se conocen de The Institute (“Spider Lilly” y “Mascarade of Madness”): King Diamond en vivo es un festival para el ojo. En una época de atención dispersa donde las grandes producciones parecen ser un contrasentido, es para festejar que un nombre de semejante peso mantenga la calidad y la vigencia que, a juzgar por la rabiosa reacción del público, King Diamond tuvo esta noche.

DÍA III (01/08/2025)
Al igual que la jornada anterior, la tercera fecha del festival sería muy variada y el cartel estaría dominado por los vecinos suecos. Aquel viernes, la banda que inauguró la actividad en Grieghallen fue Hexvessel. La criatura inclasificable del vocalista Matt McNerney venía de editar un par de meses atrás Nocturne, su séptimo disco. Sin embargo, salvo por una canción, el set se enfocó íntegramente en Polar Veil, su antecesor de 2023.

Alejados por el momento del folk de sus trabajos previos, esta última dupla de grabaciones encontró a Hexvessel probando una mezcla muy singular de black metal y doom atmosférico. Dos discos invernales, con un sonido íntimo y evocador sobre el que la voz de McNerney brilla sin atenuantes. Daba curiosidad ver cómo parte de estas canciones se traducirían en vivo, en especial en un escenario como el de Grieghallen. Y el resultado fue más que positivo.

Encapuchados y taciturnos, los músicos encararon cada una de las canciones en un estado casi de trance. La poca interacción con el público y lo desnudo de un escenario solo vestido con el logo de la banda y unas tenues luces le dio al show un aire intimista que funcionó de maravillas. A medida que pasaban las canciones, quedaba claro la facilidad con la que Hexvessel es capaz de conjurar varias de las características de la música que salió de estas cuatro paredes durante los años 90. Riffs melódicos, arranques de furia y pasajes profundamente evocadores van y vienen conducidos por un McNerney en estado de gracia. Un show único de una banda única.

La siguiente banda en la grilla fue Tribulation, en lo que fue un marcado contrapunto con lo que Hexvessel había planteado minutos antes. Plenamente abocados a esa especie de death rock gótico desembozado que abrazaron en su más reciente Sub Rosa in Æternum, los suecos salieron a las tablas con esa actitud de banda que está en búsqueda de una trascendencia mayor. Durante gran parte del show me preguntaba qué tan lejos llevarán el interés por las voces limpias, las melodías gancheras y las canciones más directas, que claramente fue lo que privilegiaron en un set acotado donde el death metal de sus primeros años estuvo totalmente ausente.

De la banda en vivo no puede esperarse otra cosa que una solidez sostenida en años. Johannes Andersson se mueve entre las nuevas voces limpias y gritos con una eficacia notable, Oscar Leander sostiene al grupo con su swing característico y cumplidor y la dupla de Adam Zaars y Joseph Tholl se muestra incluso más compenetrada que lo que sucedía antes con Jonathan Hultén, donde parecía que cada guitarrista era su propia isla. Más allá de la amistad que los une desde adolescentes, Joseph y Adam intercambian fraseos y miradas, y se mueven en sincronía como una verdadera y clásica dupla de guitarristas de rock.

Lo que siguió con Candlemass fue tal vez el show más festejado de todo el festival junto al de King Diamond el día previo.
Desde el primer momento que la banda de Leif Edling pisó el escenario con “Marche Funebre” sonando de fondo, un Grieghallen ya colmado los vitoreó como héroes. Ellos, con sonrisas en la cara, respondieron con “Bewitched” y “Dark are the Veils of Death”, un uno-dos letal que demuestra por qué los suecos son una institución del Doom.

Justamente, Candlemass llegó a Bergen en el marco de su gira “40 Years of Doom”, que si bien no refleja todas las etapas de su carrera en el setlist, sí es una forma de celebrar que la banda siga en actividad y, tal vez, en su mejor momento de popularidad. A diferencia de lo que pudo suceder años atrás, donde discos sólidos y grandes actuaciones pasaban sin mucha pompa, desde el regreso del vocalista Johan Langquist y la edición de los sólidos The Door to Doom y Sweet Evil Sun, el nombre Candlemass goza de una estabilidad y un reconocimiento ineludible.

Por supuesto, nada de eso se sostendría sin una validación en vivo, y hay que decirlo: el de Candlemass fue un show de antología. No solo el sonido fue perfecto y atronador, sino que hizo hervir a un público que la gran parte del festival miró atento pero sin poder sacudirse esa templanza nórdica que les impide demostrar sentimientos. Canciones como “Mirror Mirror”, “The Well of Souls”, “Crystal Ball”, incluso la más nueva “Sweet Evil Sun” fueron festejadas a rabiar. Edling y Langquist se turnaron para presentar las canciones e interactuar con un público que estaba entregado. El vocalista, en especial, parece disfrutar particularmente esta segunda vida junto a Candlemass. Siempre con una sonrisa en la cara, se muestra confiado y movedizo, y en algunas canciones es capaz de terminar parado sobre los monitores para acercarse lo más posible a las vallas que lo separan de la gente. Ni hablar de que su voz se conservó como un buen vino y que escucharlo cantar los tracks de Epicus Doomicus Metallicus es una experiencia imperdible.
Tan disfrutable fue el show de Candlemass que las nueve canciones se pasaron realmente volando y dejaron a todos con ganas de más. Una breve nota mental: todos deberían ver en vivo a Candlemass.

Faltaba el plato principal de la noche.
Pasadas las diez de la noche, el juego entre el bajo de Martín Méndez, el teclado de Joakim Svalberg y la batería de ese monstruo llamado Waltteri Väyrynen anuncia “§1”, el primero de los temas de The Last Will and Testament. Cuando se suman las guitarras de Fredrik Åkesson y Mikael Åkerfeldt, Opeth aparece en todo su esplendor. Frente a una pantalla que asemeja la sala de estar de una mansión antigua —en línea con el concepto del último disco de los suecos— la banda despliega, uno a uno, los recursos con los que nos pasará por arriba esta noche: una sección rítmica sin fisuras, riffs filosos, teclados evocadores y un ataque vocal gutural que, después de tantos años, volvió a convertirse en uno de los pilares del sonido del grupo.

Åkerfeldt da la bienvenida y le pregunta a los locales si prefieren que hable en inglés o en sueco (la diferencia entre noruego y sueco es poca, y la gente de ambos países suele entenderse entre sí). Lógicamente se decide por la segunda opción, lo que instantáneamente me dejó fuera de esa especie de show de stand up paralelo que hace entre canción y canción. Lo que sí dijo en inglés, para que la mojada de oreja no se le escape a nadie, fue: “Somos Opeth de Estocolmo, la capital de Escandinavia”. Entre risas, la banda arrancó “Master’s Apprentices” con ese riff que tranquilamente podría haber firmado Trey Azagthoth y la fantástica “The Leper Affinity”, que tantos años después sigue siendo un ejemplo del death metal total que patentó el grupo.

En lo que es una muestra cabal de lo camaleónica que es la piel de Opeth, después de otra excursión por ese revival deathmetalero reciente con “§7”, llegó el momento de bajar la intensidad. Con “In My Time of Need” el grupo arrancó un bloque intimista que tuvo un condimento especial. Pocos días antes del festival, el mundo metalero se conmocionó con la muerte de Ozzy Osbourne y los tributos no pararon de aparecer. Mikael mencionó algunas palabras sobre su relación con el legado de Ozzy y Black Sabbath y la banda hizo su homenaje tocando por primera vez desde 2012 su rendición de “Solitude”. Cuando al final de la canción apareció una foto de Ozzy en las pantallas, Grieghallen se convirtió en una marea de aplausos emocionados.

El otro pico de la noche fue la reaparición de la excelente “The Night and the Silent Water”, que el grupo volvió a incorporar a su set después de 16 años. Casi tres décadas después, Opeth ya no es esa banda de jóvenes audaces que revolucionaron al death metal incorporando folk y rock progresivo. Pero aún así, verlos interpretar con tanta maestría uno de esos primeros largos ejercicios de de riffs enmarañados, melodías evocadoras, arreglos precisos y gritos diabólicos, es todo un espectáculo.Como contraparte llegó otro cover, esta vez en clave chistosa: “You Suffer” de Napalm Death.
El final con la dupla “Ghost of Perdition” / “Deliverance” no por poco sorprendente dejó de ser impactante. A esta altura, ambas son inamovibles en un set de la banda, pero siguen sonando con la intensidad del primer día y son una ocasión ideal para que los músicos —en especial Walt— se luzcan. Cuando las luces de Grieghallen finalmente se prendieron, el público estaba rendido ante la maestría de Opeth.

Todavía quedaba un show más para terminar la jornada, por lo que parte del público salió de Grieghallen en procesión hasta Kulturhuset, un pequeño bar ubicado a pocas cuadras del teatro en cuyo subsuelo esperaban los estadounidenses Absu. Con una disposición un tanto angosta pero larguísima, Kulturhuset es una de las sedes donde se desarrolla el turno nocturno del festival; una especie de after party con bandas más underground que suelen ofrecer shows atípicos a lo que suele verse en la grilla de Beyond the Gates. El día previo, había hecho lo propio Darkened Nocturn Slaughtercult, y Absu llegaba a Bergen para tocar en su totalidad su segundo disco, The Sun of Tiphareth.

Reformado el año pasado y después de algunas controversias, el eterno Proscriptor McGovern se mantiene como único miembro original, aunque en esta gira lo acompañan los músicos de la histórica banda griega Zemial. El show, entonces, es una dosis de adrenalina pura, con Proscriptor completamente compenetrado en su rol de hechicero arcano. Verlo moverse en el diminuto escenario, con su chaleco carmesí brillante, sus calzas, su cantidad de tachas y revoleando de un lado a otro un micrófono con un soporte corto que simula un símbolo alquímico me hizo pensar en una versión diabólica de Freddy Mercury.

Con un sonido verdaderamente atronador —me apiado de quienes en el público no hayan llevado tapones— la banda desgranó una tras otra las canciones de The Sun of Tiphareth más “Never Blow Out the Eastern Candle” del EP In the Eyes of Ioldánach y “…and Shineth Unto the Cold Cometh” de The Third Storm of Cythrául en un set que no dejó lugar al respiro. Al final, la banda agradeció empapada en sudor, al igual que la cantidad de gente que había atestado al lugar. A la salida, ya de madrugada, cada quien se perdió en las sombras de la noche de Bergen volviendo a casa con el agotamiento de una jornada intensísima.
DÍA IV (02/08/2025)
Si el tercer día de Beyond the Gates estuvo dominado por Suecia, el cierre del festival sería indudablemente noruego. Pero antes de que Dark Sonority abriera la jornada en Grieghallen, me acerqué para participar de un tour por las instalaciones del teatro junto a Pytten, el legendario productor del black metal noruego.
Alto, de andar desgarbado y revuelta melena plateada, Pytten no aparenta sus 76 años. Dueño de un espíritu jovial, recibe a quienes participan del encuentro con el aire paternal de quien recibe en su casa a peregrinos que vienen desde todas partes del mundo a una tierra santa.
Como maestro de ceremonias, intercala el recorrido con los testimonios de su experiencia junto a decenas de bandas de black noruego que encontraron en él y en su estudio dentro del teatro al mentor ideal para desarrollar su sonido. Lógicamente, el foco está puesto en Mayhem y la grabación de De Mysteriis Dom. Sathanas, y así recorremos parte de las instalaciones donde Euronymous y compañía trabajaron 32 años atrás: el diminuto estudio donde se grabaron las guitarras, el gran salón —hoy el escenario principal— donde Hellhammer grabó su batería, el estudio donde Attila grabó sus voces… todo es un recorrido lugares que hoy parecen sanitizados por la modernidad pero en los que resuenan todavía los ecos de un pasado poderoso.
El gran final llegó en la sala donde se grabaron los discos de Burzum post-cárcel. Ahí, al comando de los monitores del estudio, Pytten le hizo escuchar a la audiencia el master de “Life Eternal”. Escuchar a Mayhem como nunca en mi vida y tener a Pytten operando las perillas y explicando las decisiones detrás de ciertas secciones de la canción fue uno de los puntos altos del festival.

Volviendo, la tarde abrió con el show de Dark Sonority, una de las bandas más destacadas de la nueva escena de la ciudad de Trondheim. Caracterizados por recuperar cierto espíritu clásico muy emparentado con el Mayhem de De Mysteriis… —no por nada todas vienen de la ciudad en la que está la catedral de Nidaros que ilustra la portada del disco— el grupo salió a escena envuelto en capas y humo. Lo que siguió fue un show particularmente intenso, donde la mayor parte del material fue un adelanto de un disco debut cuya fecha todavía no está anunciada.

La referencia al Mayhem modelo 1994 no es antojadiza, y en Dark Sonority se nota esa reivindicación. En sus canciones no faltan los riffs serpenteantes, la disonancia y hasta las voces que recuerdan algunos de los yeites operísticos de Attila Csihar. El cierre, con velas ardiendo en candelabros y la banda haciendo un cover de “Ærie Descent” de Thorns fue toda una curiosidad para presenciar en vivo.
Otra fue la actuación de Helheim, cuyo setlist consistió en tocar íntegramente su debut de 1995, Jormundgand. Ante la mirada curiosa del público —cuya reacción fue de menor a mayor— el quinteto desplegó cada una de las canciones con la intensidad que caracterizó aquél disco. Emparentados sonora y temáticamente con Enslaved, Helheim siempre tuvo como elemento distintivo las voces completamente filosas y al borde del quiebre de V’gandr. En vivo, y tres décadas después, el vocalista naturalmente encontró matices que enriquecieron su caudal, algo que en ningún momento le jugó en contra a las canciones. Por su parte, la banda desplegó con soltura un abanico de recursos que van del riff clásico y épico del black noruego a esos juegos folk tan característicos del género en el país. En resumen, fue un show contundente y otra muestra del tipo de curiosidades que solo se encuentran en este tipo de festivales.

Uno de los momentos imperdibles de la jornada era la primera aparición en vivo de la formación original de Gehenna, que tocaría un set enfocado en sus primeros años. Y aunque esto no terminó de ser del todo así por la ausencia a último momento de la tecladista Sarcana, eso no devaluó la experiencia de escuchar en vivo canciones que rara vez aparecen en los shows de una banda que tampoco se caracteriza por girar tanto.

Es una pena, ya que el grupo se encuentra en plena forma, y lo demuestra. A cargo de la voz y una de las guitarras, Dolgar cumple su rol con maestría. Como frontman no hace el más mínimo intento de interactuar con el público —no hablará una sola palabra en todo el set— y deja que la música haga la tarea. La misma tesitura comparte el resto de la banda —el bajista Svartalv, el batero Dirge Rep y el eterno Sanrabb en la otra guitarra— pero es apenas un detalle, porque las canciones (“The Shivering Voice of the Ghost”, “The Mystical Play of Shadows”, “A Witch is Born”) suenan realmente bien.

Contemporáneos de los primeros esfuerzos de grupos como Emperor y Dimmu Borgir, es curioso que la obra de Gehenna no haya alcanzado un estatus similar con el paso de los años. Grabaciones como el EP First Spell de 1994 y el debut Seen Through the Veils of Darkness (The Second Spell) un año más tarde, son verdaderos ejemplos de cómo se podían usar los teclados para ampliar el horizonte compositivo del black. Particularmente, los nativos de Stavanger lograron construir un sonido único que se apoyó principalmente en las atmósferas y los medios tiempos. Tal vez haya sido el viraje hacia el death metal en la segunda etapa de su carrera. Hoy ya no hay rastros de eso, y ver a Gehenna en vivo volver a sus raíces genera expectativas de lo que pueda llegar a venir si es que esta reunión se proyecta en el tiempo.

El cierre del festival quedó a cargo de dos de los hijos predilectos de la ciudad de Bergen: Taake y Abbath. Como sucedió con Helheim y Gehenna, tanto Hoest como el querido Abbath brindaron sendos sets especiales: uno festejando los 20 años de su obligatorio Hordalands doedskvad y el otro celebrando su legado junto a Immortal.

De una bruma completamente verde, los músicos de Taake prepararon el ambiente con los siete minutos del instrumental “Hordalands doedskvad VI”. Desde un primer momento, el público se enganchó a corear esa marchar riffera que desembocó en una rendición completamente violenta de “Hordalands doedskvad VII”, con Hoest saliendo a escena completamente energizado y robándose todas las miradas de Grieghallen como ningún otro frontman durante el festival.

Encapuchado, su rostro una sombra espectral, el cantante se apoya sobre el pie del micrófono, se balancea hacia los lados y finalmente se encorva hacia adelante y escupe pura misantropía blacker ante la cual es absolutamente imposible permanecer indiferente. Las canciones se suceden una tras otra sin ningún tipo de interacción con la audiencia y la banda aparece entre el humo en flashazos breves. Hoest gesticula, apunta su dedo con rabia mientras escupe sus letras y levanta el pie del micrófono como señal de triunfo. Su actuación —la de toda la banda— es pura catarsis y uno siente que así debe sentirse el verdadero metal negro noruego.

Con el escenario aún en llamas, se despliega un telón con un rostro inconfundible: Abbath. Como parte de su gira “Return to the Raven Realms Pt. II”, el guitarrista y vocalista volvía a Grieghallen para reencontrarse con las canciones que lo convirtieron en leyenda. Si bien hoy Immortal sigue adelante como proyecto unipersonal de Demonaz, la única oportunidad de escuchar las canciones de la banda sigue estando en manos de su ex compañero. Y vaya si el público de Beyond the Gates esperaba verlo.
Ni bien suenan los primeros acordes de “Withstand the Fall of Time”, el escenario se convierte en una gélida escena salida de Blashyrkh. Cuervos gigantes flotan sobre la tarima del baterista Ukri Suvilehto. Debajo, de entre lo que parecen ruinas, Abbath se acerca al micrófono en su característica pose encorvada, pega un grito e inmediatamente comienza a agitar su cabeza. La ovación es total, el sonido estruendoso y la banda avanza con decisión. Cuando retoman el riff épico de la canción al final —uno de los mejores momentos de la discografía del grupo— casi no hay tiempo para respirar que la batería de Suvilehto repiquetea para dar comienzo a otro himno: “Sons of Northern Darkness”.

Abbath está en forma, y no es un dato menor. Cualquiera que siga sus aventuras hace años sabrá que su carrera sufrió bastante después de la debacle de su último show en Buenos Aires. Contrapuestas, las imágenes de aquella noche fatídica hoy palidecen ante un frontman que se encuentra en dominio total de sus habilidades. “In My Kingdom Cold” y “Beyond the North Waves” (con ese aire tan, pero tan Bathory y tan pero tan efectivo) son un golpe tras otro. Incluso canciones menos populares del catálogo de Immortal como el tema título de All Shall Fall o “Damned in Black” suenan impactantes. Es en este tipo de noches donde Abbath logra recordarnos que detrás de los memes o las desventuras sigue existiendo uno de los músicos más creativos y potentes que dio el género.

En lo que podría vagamente definirse como un trayecto cronológico hacia el pasado, la segunda parte del show se enfoca en los años pre Peter Tägtgren. Así suenan la fantástica “Mountains of Might” de Blizzard Beasts o el ultra clásico “Call of the Wintermoon” de Diabolical Fullmoon Mysticism. Resulta extraño apreciarlas con el audio contemporáneo que Abbath tiene en vivo, pero si hay algo que queda claro es que estas canciones no pierden un ápice de potencia. Para los bises quedan “Blashyrkh (Mighty Ravendark)” —Abbath con su casco de demonio— y “The Sun No Longer Rises”, donde el guitarrista recordó que, como tantas otras de la banda, había sido grabada exactamente en este lugar. Cuando quedan los últimos acordes flotando en el aire, el escenario rojo furioso, una explosión de fuego anuncia el final. Abbath y la banda agradecen: Beyond the Gates 2025 llegó a su fin.
Después de una experiencia frenética de 4 días en el corazón de Bergen, el agotamiento es notorio. Los fanáticos desalojan Grieghallen con sonrisas cruzándoles las caras. En el lobby, los más ansiosos ya se aprestan a reservar sus tickets para el año que viene. Yo sigo camino por las calles solitarias inundadas con el olor salado del mar del norte.
- Para más info sobre la próxima edición del festival Beyond the Gates, visitá su web Beyondthegates.no

![PODCAST [Versión extendida]| El Regreso de Natas en palabras de Walter Broide](https://jedbangers.com.ar/wp-content/uploads/2026/09/NATAS-PODCAST-2026-198x145.jpg)





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